Recuerdo que un año, con mis amigas en Asturias fuimos a hacer Puenting. A mí no me gustan las alturas, pero ¡yo qué sé! Fui la última en tirarme. Lógica y racional como soy yo le preguntaba al chaval que nos estaba atando que cuánto peso aguantaba la cuerda. Qué cómo soportaba el impacto del golpe al caer. Qué si alguna vez se había caído alguien. Él, que debía estar hasta el moño de las preguntas que le repetían una y otra vez me contestaba con voz algo cansina, pero con paciencia infinita. Entonces le pregunté que si nadie se había muerto de un ataque al corazón. Esto era una preocupación muy real para mí. Me dijo entonces qué el corazón lo tenía ahora mucho más acelerado que cuando me tirara. Que cuando peor lo estaba pasando era antes de tirarme. La idea de tirarme me daba mucho más miedo que el acto de tirarme. Y mientras tanto mis amigas se iban tirando unos tras otros. Recuerdo que el primero que se tiró lo hizo de frente, con los brazos en cruz, saltando al vacío y a mí eso me resultaba completamente insoportable. Pero llegaba mi turno, era la última. Todos mis amigos estaban ya abajo. Todos habían sobrevivido. Todos estaban contentos de haberlo logrado. Sólo faltaba yo.
Nadie había sufrido más que yo, porque me había entregado como nadie a mi miedo. Lo había saboreado y regurgitado durante casi una hora. Según me ponían el arnés, yo seguía pensando y calculando en si no se podía soltar, si no me podría caer. Si fuera capaz de saltar, en sí moriría ahí ese día. Así que me agarré super fuerte a la cuerda, pensando que mis manos podrían sujetarme si fallaba el arnés, miré hacia la carretera en vez de hacia el vacío, le pregunté al chico una vez más si me mataría ese día – para entonces no te puedo contar la cara de desesperado que tenía -, poco convencido él y yo de que fuera a saltar, más lista a volver a pasar las piernas hacia la carretera de nuevo que hacia abajo, cerré los ojos y me dejé caer. Y ahí se acabó mi miedo a la caída.
El resto me encantó. El miedo se convirtió en adrenalina, empecé a gritar y cuando toqué el suelo, con un subidón brutal, todo lo que quería hacer era volver a saltar. Esta vez con menos miedo, tal vez mirando hacia adelante. Tal vez como mi amigo, saltando al vacío con los brazos cruz. A lo largo de mi vida he dicho muchas veces que yo hice puenting. No lo volví a hacer, incluso volví a tener mucho, mucho miedo a las alturas. Tanto que los parques de atracciones se convirtieron en un lugar de pesadilla. Un miedo que les pasé a mis hijos. Lo siento porque el primer salto es el más difícil, pero luego, la adrenalina se convierte en adictiva. Aunque como todas las adicciones, si no la alimentas, se acaba extinguiendo.
Todo aquello que me enorgullece en mi vida me ha dado un miedo horrible hacerlo. De hecho, cuando no me ha dado miedo, ha perdido su importancia. Pero también ha sido importante tener a alguien a mi lado a que me empujara a superar mis miedos. Alguien frente a quién me daba un poco de vergüenza reconocerlos – los de mi generación ni conocíamos ni aceptábamos nuestras emociones -. Alguien que iba un poco por delante de mí.

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