La maternidad, no nos engañemos, es miedo con lacito. Mis hijos han sido siempre lo más importante de mi vida. Los quería tanto que me ahogaba el miedo a que les pasara algo. A que sufrieran. No sabía cómo se podía tolerar ese dolor. Y creo que ya ha quedado claro que tengo una imaginación y una tendencia al catastrofismo significativa. La maternidad, me di cuenta, no era un cuento de hadas; era una dieta constante de miedo. Un buffet libre de ansiedades camufladas. Miedo a hacerlo mal, a joderlos, a que no sean felices, a que sufran. Esa era la base.
Al final, el miedo se convierte en tu sombra, una extensión más de tu cuerpo. Y lo peor no es eso, es la herencia. Sin querer, sin darte cuenta, les pasas tus propios miedos envueltos en papel regalo. «No subas tan alto», «no saltes tan lejos», «no vayas tan deprisa». Instrucciones de seguridad que son, en realidad, proyecciones de tus propias paranoias. Los conviertes en extensiones de tu propia fragilidad.
El miedo es una enfermedad contagiosa, un virus que se aloja en el ADN de la relación. Y lo más jodido es que lo haces por amor. Un amor que, sin darte cuenta, se convierte en la mayor herramienta de bloqueo. Así es la maternidad: un acto de amor puro y un acto de terror constante, todo mezclado y servido con un bonito lacito.
Así que viví la maternidad con cierto miedo, más bien pavor. Miedo a no hacerlo bien, miedo a hacerles daño, miedo a que no fueran felices. Y con tanto miedo puse todo mi empeño en hacerlo bien. No lo intentes hacer bien. Demasiado bien será todavía peor que bien. La vas a cagar. Un millón de veces. Acéptalo. Incluso hacerlo bien será cagarla.

Escribe, si quieres