De alguna manera me he pasado la vida en guerra fría con mis emociones. Y es que yo en la batalla y el conflicto, por lo general, funciono bastante bien. Mi pareja es todo lo contrario. De hecho, creo que eso es lo que nos unió. Él me calmaba y yo supongo que cuando no le arrollaba, al menos le activaba.
Lo que pasa es que al calmar mi rabia, mi ira y mi nervio, me quedaba sin herramientas. Porque yo era las emociones que utilizaba para salir de cualquier situación. Y a la vez, no quería vivir en ellas. Y es que yo tenía (tengo) muy mala leche, al menos aparentemente, pero como me han dicho ya varias veces este último año… soy muy intensa.
Es jodido cuando eso que te mueve y te salva a ti en el día a día se convierte en lo que hunde o ahoga a esos que quieres. No sé cómo se navega eso. Mi intensidad agobia a mi familia. Y les deja a ellos sin herramientas, que resuelven desde la calma. Porque para cuando quieren llegar ellos, yo ya he arrasado, como el demonio de Tazmania.
Cuando me lanzo por esos derroteros pienso en si no debería partir. Partir a donde yo, en esencia no perjudique a los que quiero. Es un pensamiento que me ha acompañado mucho este año. Y he decidido que no. Que yo puedo ser yo para mí y ellos ser ellos para ellos y que en los espacios comunes es donde tenemos que moderar.
Puede que sea un pensamiento egoísta, pero les quiero demasiado para renunciar. Sé que su manera es infinitamente mejor que la mía, pero también tengo que respetarme yo y mis formas. Que, aunque a veces arrasen y agobien, otras son increíblemente efectivas e ilusionantes.
La magia está en cuándo ceder el paso a cuál y en cómo ejercitar el echarse para atrás y la paciencia, que no son para nada mis fortalezas. Pero es una cosa más que he tenido que aprender este año. A tirar para atrás. A mirar sin hacer. A aceptar sin saber.

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