Un plan sin fisuras

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La idea de porque coño estamos aquí, qué sentido tiene esto, se me repetía a menudo en la cabeza.

Y eso despertaba un miedo feroz a vivir. No sabía si podría o sabría ser mayor. En mi dramática visión del futuro, me consolaba que si la cosa se ponía muy mal, siempre podría meterme a monja y que en un convento, rodeada de otras monjas, no podía ser muy complicado vivir. Aburrido tal vez, pero no daba tanto miedo.

Me preocupaba poco el aburrimiento porque yo me entretenía bien sola y además tendría un montón de compis con las que compartir el día a día. Nunca sola, con un techo sobre mi y comida en el plato. Compañía, tiempo y cosas que hacer.

Soy atea. Siempre he sido completamente atea. Nunca he tenido siquiera un atisbo de interés por un ser superior, creador, moderador. Es simplemente algo que no me interesaba en absoluto y a lo que no daba más veracidad que el cuento de caperucita o la mitología griega o romana. De hecho la mitología me parecían historias mucho más creativas y emocionantes que la Cristiana, que en esencia me parecía aburridísima.

El catolicismo ya ni te cuento, con toda esa culpa, ese malestar, ese machismo, la pederastia… era una institución que detestaba basada en una novela mal interpretada a lo largo de los años.

A pesar de que no soporto la sumisión. A pesar de que no soporto la obediencia ciega. A pesar de que lo que más miedo me da es vivir en gris. A pesar de mi mala leche. Pero no veía problema en hacerme monja, me parecía que daba menos miedo que la vida.

Era un plan sin fisuras.

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