Ser mediocre

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Este rollo de ser especial es algo vergonzoso a decir verdad. Pero lo cierto es que me he pasado toda la vida dudando en que parte del espectro mediocre-especial estoy. Y no sé porque es importante, ni si lo es. Bueno he llegado a descubrir que no lo es y a la vez ser especial es inevitable. El por qué esta mierda es importante para mí es absurdo, pero hubo un momento en mi vida en que fue crítico.

El caso en que en esos años en que mi cabeza iba a mil, mi miedo a diez mil, mi mala leche… no puedo ni asignarle un número… empecé a escribir. Escribía y escribía. Leía poesía y me sentía un alma torturada. Creía que escribía bien, y es que todo era tan intenso y tan rabioso que con poco que dejara esos sentimientos salir, mis escritos eran como poco intensos.

Yo no los compartía con nadie, más que con mi amiga íntima algunos… que flipaba y se preocupaba algo por mí. Yo la miraba y me sentía incomprendida… pero bueno. El caso es que yo estaba en un pozo bastante oscuro. Siempre he pensado que escribir me salvó. Lo cierto es que me hacía sentir orgullosa de lo que producía y mi oscuridad tenía cierto sentido. Si todo iba mal, me haría monja y seguiría escribiendo bajo un pseudónimo.

Nunca he sabido si todas las adolescencias eran iguales, la mía fue así. No sé cómo ni cuando mi mala leche se calmó, aunque no era algo que yo quisiera reconocer. Y con esa calma mis escritos empeoraron.

Ya no sentía la rabia en cada poro de mi piel. Me gustaría decir que pasó algo, pero no…  no pasó nada que provocara mi oscuridad ni pasó nada que me sacara de ella. El caso es que yo quería seguir escribiendo, pero sin mi rabia, no me salía igual. Aprendí a arrastrarme hacia abajo en una espiral. Recogía un pensamiento chungo y escarbaba y escarbaba hasta que llegaba al fango y desde ahí volvía a escribir.

Un día tuve que decidir si merecía la pena ser un autor torturado o una mediocre… algo más feliz. Obviamente me decidí por la mediocridad, pero sin terminar de aceptarla como tal. Dejé de escribir. Lo metí todo en una caja y no la he vuelto a abrir. Años después una profesora de esas que se te meten en el alma (Gracias) me volvió a sacar el gusanillo de escribir, pero no quería sufrir y sin sufrir no lo hacía demasiado bien.

Ahora en este año que nos está dando la vuelta a todos como si estuviéramos en un remolino, he retomado eso de escribir. Primero en un blog sobre la enfermedad, luego en mi blog personal . Empecé haciéndome esquemas, ahora vomito pensamientos.

Aceptarme como un ser mediocre ha sido esencial en mi vida o para mi felicidad paz mental y ha sido extremadamente sanador en mi relación con los demás. Igual que lo ha sido entender que en mi mediocridad (igual que tú en la tuya), no puedo evitar ser un poco especial. Recuerdo un viaje en el coche con mi querido hermano, de camino a casa de mi madre. No sé porqué ni de qué hablábamos pero en un momento dado se me escapó una lagrimilla y le confesaba que no quería vivir una vida gris y mediocre. Él con la vehemencia y seguridad que caracteriza a mi familia me dijo casi riendo, “Tú nunca vas a tener una vida gris y mediocre”. Y sinceramente no sé porqué lo pensaba, porque objetivamente cumplía con todos los requisitos. Pareja heterosexual, trabajo de oficina, hijos, perro y casa (esto último ya no es tan común, pero hubo un tiempo en que sí).

Que había de no-mediocre en todo ello. Pero que afirmara con esa seguridad y vehemencia que mi vida no sería gris me dio una paz a la que hoy todavía me agarro cuando lo necesito.

Junto al miedo a ser gris, sobrevolaba un miedo atroz a hacer nada distinto. A salirme del carril, a bajarme del barco. Mis hermanos, los dos habían escogido sus caminos alternativos a la media, ¿porqué no podía yo? Y ¿qué camino era ese? ¿cuál era el que yo quería seguir?, ¿Qué quería realmente de la vida y por qué no me atrevía a ir a por ello? Creo que la respuesta a la última parte de la pregunta depende de la primera.

Si no sabes donde quieres ir, ¿cómo te sales del río para coger un afluente? Hablo de un río porque jamás en la vida he tenido la sensación de decidir mi camino, más bien de navegar por donde me llevaba la corriente.

¿Y si dejarse llevar fuera suficiente?

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Esto va por mí. Lo siento, no hay nada para tí aquí.