De alguna forma a las mujeres la culpa nos persigue a lo largo de toda nuestra vida. Ojalá las próximas generaciones consigan librarse de ella. No es un ejercicio sencillo. Dia tras día, mensaje tras mensaje se culpabiliza a la mujer de todos los males del mundo. Desde el pecado original hasta la infidelidad de tu marido, los traumas de tus hijos o las agresiones mismas que ellas reciben. De alguna manera, este mundo ha conseguido culpabilizar a las mujeres de todo lo malo que ocurre en el planeta y a los hombres de todo lo bueno. No es que haya un doble rasero de medir… va mucho más allá, es que vivimos en realidades distintas. La mujer se tiene que redimir de todo el mal que ha traído al mundo mientras alabamos la existencia del hombre.
Así que la culpa nos acompaña en todo lo que hacemos. Si tus hijos sufren es porque algo has hecho mal como madre. Si tus hijos están gordos, les alimentas mal. Si están flacos, les alimentas mal. Si son infelices, les has traumatizado, si sufren les has sobreprotegido.
El trato culposo y acusatorio a la mujer empieza cuando le empiezan a cambiar las formas y se empieza a hacer mujer. Esta idea no es mía, es de mi amiga que captó como el trato a sus hijas por parte de compañeros y profesores cambiaba según se hacían mayores. Y es que sus hijas son unos bellezones de esos que quitan el aire y según empiezan a crecer, tanta belleza incomoda a la vez que se demanda. Es que es un jodido loose-loose.
Volvamos al tema, que me desvío.
Andaba leyendo sobre la esperanza, porque menudo concepto, ¿eh? Esperanza. Una doctora de urgencias le había dicho a mi hija que necesitaba encontrar Esperanza. Qué palabra más grande… Y yo la verdad es que no sabía bien que era eso de la esperanza y me tropecé con este libro: “El espíritu de la esperanza: Contra la sociedad del miedo” de Byung-Chul Han. Ya te digoque no es una lectura ligera para un día de playa. Pero sin llegar a responder todavía (no lo he acabado) la respuesta de qué es la esperanza y donde buscarla o cómo encontrarla… si encontré una reflexión sobre la culpa que me ha parecido una salvación para todos aquellos que sufrimos de culpa crónica.
«Nadie puede perdonarme por cosas que, en realidad, no soy culpable porque no las he pretendido. No puedo pedir perdón a nadie por aquellas consecuencias de mis actos que yo no podía prever. (…) Aquí nos hayamos ante una culpa ontológica que no necesita perdón. En ella se revela la finitud de la existencia y la libertad humanos. Ser culpable significa aquí que el hombre está a merced de la consecuencia de sus acciones, que ellas escapan de su libre albedrío.»
Nadie puede perdonarte por aquellas cosas que hiciste sin poder prever sus consecuencias. Y yo me he dado cuenta de que a lo largo de mi vida yo he hecho cosas que tal vez han provocado otra cosas que están fuera de mi control o cuyo resultado no me podía ni imaginar y que no era el esperado o el deseable. Y me hago responsable de ellas, me hago responsable de aprender de ello, de entenderlo mejor, de no repetirlo y de intentar reparar. Pero no me hago culpable de lo que hice porque lo hice desde el amor, desde la mejor intención y con mi mejor juicio en ese momento con las herramientas e información de las que disponía. Por eso no soy culpable aunque pueda ser responsable en parte o en su totalidad de ciertas consecuencias. En lo que difiero aquí del libro de Byul-Chung Han es que sí puedo pedir perdón. Porque entiendo el perdón no desde una perspectiva culpabilizadora sino desde un pistoletazo de salida para reparar. Y reparar tiene dos caminos, el de quien recibió de mí algo que más que ayudar, dolió… y el mío para poder dejarlo atrás, cerrar la puerta, aprender y continuar.
Y la diferencia entre la responsabilidad y la culpa no es nimia. Yo me hago cargo que el resultado de mis acciones no era el esperado y me responsabilizo de entender y reparar. Pero no me fustigo, no me culpo y no me hago de menos a mí misma.
Pero simplifiquemos, porque en esta vida llena de mensajes hay que simplificar… o no, tal vez sea mejor escoger. El caso es que mi cabeza necesita simplificar para fijar y la mejor manera de explicar este tema de la culpa y la gratitud me sale de la siguiente forma. Si tu haces algo por alguien pueden pasar dos cosas que se sienta bien por ello. Porque se sienta querido y arropado… o que se sienta mal… inútil, culpable, en deuda… de una mala forma.
¿Cuál es la diferencia entre sentirte insultado o cuidado? El creer en lo más profundo de tu ser que te lo mereces. Que mereces ese cuidado, ese cariño. Que te completas con los demás, con tu tribu. Que juntos somos más fuertes y mejores. Que juntos no eres menos.
Tal vez seas como yo y en vez de hacerte sentirte bien, te ha hecho sentirte mal. Te hace sentir culpable, como me he sentido yo toda la vida. Culpable por no poder tú misma, culpable por hacer a los demás trabajar por ti. Culpable por no ser suficiente tú solo. ¿Cuál es la diferencia entre una concepción u otra? En esencia el respeto a uno mismo, el creer que lo mereces.
No sigas leyendo.
Párate un momento a pensar y sentir estas palabras en tu cuerpo.
Si alguien está a tu lado, apoyándote y eso te hace sentir mal… recuérdate dos cosas.
La primera es que te mereces ese cariño, ese apoyo. Quieren dártelo porque lo mereces. Lo mereces.
Respira y trágalo.
Lo mereces.

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