Cuando llegaron los niños, dejamos de viajar. Como tantas familias. Para mí los viajes eran mi dosis de valentía y orgullo anual. Así que cuando se hizo más difícil viajar, porque mis hijos podían sufrir, porque mi pareja no podía escaparse tanto tiempo, porque, porque, porque… fue como dejar de ir al gimnasio de la valentía y el orgullo. Si hubiera entendido entonces lo importante que era viajar para mí y para ellos, lo hubiera luchado más, pero realmente no lo entendía.
Porque por mucho que me gustara, el gusanillo en la tripa antes de partir, no te lo quita nadie. Y yo, con la parálisis de miedo maternal, me quería extirpar el puto gusanillo. Y claro, el gusanillo si no lo sacas de vez en cuando, crece y crece hasta ocuparlo todo. Y cuanto más grande es, más difícil de sacar. Es casi físico. Así que hay que cortarlo en trocitos manejables, para que vaya saliendo del sistema por los huecos existentes.
Cuando salimos de la pandemia yo volví a mi runrún de… «Tenemos que viajar. Vámonos a Japón, a Australia, a África!» Cuanto más lejos, más tiempo y más choque cultural, mejor. Pero también más gusanillo.
Y cada vez que alimentaba una de esas ideas en la familia, pero luego no la llevábamos a cabo, hacíamos el gusano más grande sin llegar a sacar la parte correspondiente. Es como si aquel día en el puente, no me hubiera tirado. El miedo y la ansiedad no se habrían convertido en adrenalina y en la memoria en vez de orgullo se hubiera grabado la vergüenza. Qué tal vez lo hubiera convertido luego en risas y humildad, pero eso tendría que haber sido en una segunda vuelta.
Así que yo me pasaba el año planeando con mis hijos el siguiente viaje increíble que íbamos a hacer, y que nunca llegábamos a cumplir a menos que alguien me empujara. Y el gusano se iba haciendo más grande, la frustración de no hacerlo y la vergüenza de saber que en realidad era mi gusano quien impedía que lo hiciéramos iba creciendo y creciendo e invadiéndolo todo. Hay que sacarlo por partes, poco a poco. Desmenuzarlo. Porque si dejas que el gusano se haga dueño de tu hogar, al final no te queda ni espacio para respirar. Y lo que es peor: se come el sofá, los recuerdos, y hasta el deseo de volver a sentir ese jodido gusanillo.
Por eso ahora me recuerdo cada día que los viajes hay que cogerlos con tiempo y no volver a pensar en ello. Por eso, para mis próximos 50 años, lo que he decidido es quitarme la presión de tener que hacer un viaje único, en mochila, sin preparación. Ahora voy a ir una vez al año a una agencia de viajes que tenga mi estilo de viaje, voy a pagarlo y no voy a volver a pensarlo hasta que me tenga que subir en el avión. Y que cuando se me remueva el gusano y la ansiedad, tenga todo pagado, la fecha colocada y la agencia esperándome al otro lado. Será mi manera de bloquear y dormir al gusano.
Con este tema de los viajes, he conseguido arrastrar a toda mi familia. El pequeño es como yo. Un soñador. Quiere ir cuanto más lejos mejor. Aunque nunca haya estado. Mi hija que es mucho más sensata de lo que fui yo siempre, al salir de la pandemia y yo, sin la excusa externa del cierre de fronteras volví a mi retahíla de… “¡hay que ir a no sé dónde!”. El pequeño entraba a saco y proponía un lugar más lejos. Mi pareja planteaba algo tal vez más realista y la mayor, mucho más sensata que yo, me dijo… “¿y si empezamos por algo más fácil y luego ya veremos?” Apenas 12 o 13 años y la muy cabrona ya sabía que el gusano hay que sacarlo a trocitos y no vomitarlo de una, no vaya a ser que te rompa la tráquea.
Aunque también te digo que aquí hay muchas escuelas. Yo siempre he pensado que si te atreves a ir al Congo, ir a Venecia será un paseo por el parque. Pero claro, si al final no vas a Congo porque se te hace demasiado y has puesto ahí tu vara del orgullo, Venecia no hace la función. No sé si me explico.

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