Teletrabajo, teletrampa

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Llegó la pandemia. El mundo se paró, o eso decían. Para mí, la cuarentena fue una especie de liberación perversa. Me recluí en casa y, al principio, sentí una alegría extraña, casi culpable. Lejos de un jefe cabrón, de la oficina, del estrés de los tacones que me negaba a usar y la cara de idiota en las reuniones. Cerca de mi familia. Pude trabajar a gusto, con una calma que no recordaba. Era un paraíso cutre, sí, pero paraíso al fin y al cabo. La pandemia me ayudó. Me dio el espacio y el parón que necesitaba para recomponerme.

Me volví una férrea defensora del trabajo remoto. Si a mí me salvó y a otros también les podía salvar. Pero con el tiempo me fui dando cuenta que lo que había conseguido, una vez recuperada la seguridad que una situación de abuso me había quitado, lo que había hecho era acomodarme. Y al acomodarme había iniciado un camino contrario. Me escondí el cueva para coger fuerzas, pero cuando me recompuse no sabía como salir.

En casa se trabajaba tan bien, se escondia tan bien. Demasiado cómodo, demasiado dulce. Lo descubrí tarde, mucho más tarde de lo que me gustaría admitir. Lo que empezó como un descanso se convirtió en un escondite. Tan poco ejercité la valentía que se quedó sin fuerza. Tan poco gestioné los miedos que se me acumularon en parálisis cerebral, en incapacidad constante. Por eso no puedes parar del todo, porque volver a empezar es escalar un precipicio.

El miedo que se esconde, que no se enfrenta, no se va, te pudre por dentro. Resulta que toda la vida, mis miedos se habían convertido en grandes movilizadores, pero al dejar de enfrentarme a ellos, se convirtieron en paralizadores.

Por eso hablo del miedo y la valentía como un músculo. Cuando te enfrentas a tu miedo y te das cuenta de que puedes batirlo, se convierte casi en una adicción. Si algo te da miedo, vas a por ello para dejar de sentirlo. Pero el miedo también se puede dejar de sentir alejándote de aquello que te da miedo. Evitándolo. Ahí también está el cuerpo cómodo y calentito.

El problema es que eso lo metes en la cajita de miedos insuperables y cuantas más cosas tiene esa caja, menos sitio tienes tú para ti. Y cuánto más te pliegas a tus miedos, más le dices a tu cabeza que no puedes con ellos, más cosas te dan miedo, más cosas de las que huir y menos sitios a los que ir.

Entendí que la comodidad es una droga, y el falso control, una prisión. Y empezar a enfrentarte a ellos es un puto infierno. Y hay que aguantar el pánico del principio, el caos que produce, para empezar a rodar, despacito y coger fuerza y ritmo y volver a creer en ti.  Pero según avanzas, y cuantos más miedos superas, más fuerte te ves para superar el siguiente. Y vuelves a rodar, y a ser imparable.

Nada es estático, nada eres tú. Todo son fases, fases de repliegue o fases de florecer. Pero cuanto más paras, más cuesta arrancar así que mantén siempre en mínimo movimiento que puedas tolerar sin petar, porque de ahí, empezar a rodar será más fácil. No digo que no pares, muchas veces hay que parar, digo que no te escondas.

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