Tuve un jefe muy cabrón

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Cómo todos, lo sé. En algún momento de nuestra carrera todos hemos tenido un jefe  cabrón y el mío lo era. Y es curioso como te afecta cuando caes en una espiral de mierda así. El cabrón me paralizaba, me volvía idiota… y es que el miedo te hace un poco tonta,  te invade una niebla en el cerebro que no me deja pensar..

Recuerdo que me volvió un vértigo que había superado hace años. En la peor fase me costaba hasta subir ciertas escaleras. El miedo al conflicto, al despido o a la humillación en el trabajo no me permitían pensar ni defender mis ideas. Me pasaba el día sin saber qué hacer, en un círculo vicioso de pensar en si mis acciones desembocarían en lágrimas, despidos o gritos. . Y así, día tras día, me fui volviendo invisible, inútil.

Hasta que asumí que me iban a echar. Que era cuestión de tiempo. Que el despido no era una amenaza lejana, sino una certeza inminente. Y fue entonces, solo entonces, cuando el miedo empezó a diluirse. Cuando el peor escenario dejó de ser una posibilidad terrorífica y se convirtió en un destino inevitable, volví a ser yo. O una versión de mí, menos cobarde, más lúcida. Lo más jodido, lo más irónico, fue que solo volví a funcionar, a respirar, a pensar con claridad, cuando ya no tenía nada que perder. Decidí que era inevitable y que por tanto no importaba… cuando las consecuencias dejaron de ser una posibilidad para ser una certeza, volví a trabajar con seguridad y a hacer bien mi trabajo. Decir lo que pensaba sin miedo, rendir con seguridad.

El miedo venía de temer una consecuencia que no llegó, de hecho le despidieron antes a él y yo seguí con mi vida, pero el efecto paralizante del miedo me hizo ver que no siempre somos dueños de nuestros actos. A entender porque las mujeres maltratadas (salvando las distancias) no se pueden ir, porque las que se van son heroínas porque no tienen más remedio, a no juzgar desde la seguridad de la barrera. Porque cuando el miedo te domina, no puedes pensar con claridad, no entiendes lo que pasa.

Mi miedo no era justificado, no me perseguía ningún león, no iba a morir de hambre… y aún así me bloqueó, me paralizó, me dominó. Yo que lo había ejercitado tantos años. La experiencia me enseñó a entender el miedo, a enfrentarme a él a trocitos. Pero sobre todo a no juzgar nunca las acciones de alguien que se siente inseguro.

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