Recuerdo un momento de miedo atroz en mi vida.
Hacía 7 años que había empezado mi vida laboral. Me había ido bien. Mi primera entrevista de trabajo y me habían aceptado. De hecho, nunca me habían rechazado. Ni una vez. Ni en la universidad, ni en un curro, ni en una entrevista. Tenía un currículum impecable, idiomas, y lo que se supone que son «ganas».
Pero llevaba demasiado tiempo en la misma empresa y no quería quedarme estancada. Me horrorizaba la idea de pasarme 30 años en la misma empresa y volverme una persona gris.
Tenía buen currículo, dejaba una de las mejores empresas del país, blah, blah, blah… rollo casposo de LinkedIn, pero te haces una idea, era una máquina de encajar. No tenía ningún motivo para pensar que iba a tener algún problema. Y si lo tenía, que no podría resolverlo. Y sin embargo, el miedo al cambio, a lo desconocido, era un tsunami.
Pero me volvía a sentir como aquel día en el puente. Convencida de que iba a morir. Esto me avergüenza un poco reconocerlo, pero lo cierto es que me sentía en el filo de un precipicio. Mi jefe-amigo por ese momento me dio el teléfono de una psicóloga que, aunque hubo muchas cosas en esa sesión que no me gustaron, (y por tanto no volví), me preguntó… “¿qué es lo peor que puede pasar?” Y me enfrasqué en un remolino hacia abajo: Tal vez nunca más encuentre un trabajo y entonces acabaré viviendo debajo de un puente y me moriré de hambre.
Esto que parece y es melodramático y francamente irrealista e imposible, lo pensaba y lo sentía en cada fibra de mi ser. Y con esa calma que irrita: “¿Y qué harías si eso pasara?” Y yo respondí… “Ir a un centro de acogida para personas sin hogar.” Flipar. No exageraba. Mi cabeza me había llevado a ese extremo.
Yo que tenía una familia que me sostenía, una pareja con casa propia, ahorros, educación universitaria, master e idiomas, sólo podía pensar que iba a acabar desahuciada debajo de un puente. Estaba absolutamente convencida. Pero que, si eso pasaba, siempre podría ir a un centro de acogida. Ella me respondió igualmente calmada… “Pues ya está.” Cómo si eso fuera realista o normal. No entró, no cuestionó. Simplemente me dijo… “Ya está, ya tienes la solución”.
Al día siguiente hablé con mi jefe y luego con mi director y renuncié a mi puesto de trabajo. Todavía estaría 3 meses más, hasta diciembre antes de recoger mis cosas, pero en todo ese tiempo, no volví a pensar en si había tomado una buena decisión o no. En si acabase debajo del puente o tenía un futuro mejor por delante de mí.
Miro para atrás y veo lo surrealista de la situación, pero en ese momento mi miedo se instaló en mi cabeza y era completamente real. Como podéis imaginar, nada de eso sucedió. Sin mucho esfuerzo reconduje mi carrera profesional y es un movimiento del que me siento orgullosa.

Escribe, si quieres