Yo soy de una generación que no habla de emociones. Eso es una modernidad increíble. Si acaso de intuición. Pero la intuición sin explicación. “Lo que te mande el corazón” “Lo que te pida el estómago”… Pero es que a veces tu estomago te dice que estas cagada, pero sea lo que sea, hay que hacerlo. Con miedo pero hay que hacerlo. Pero en mi época no te planteabas eso de… ¿Y si esa sensación en el estómago es un miedo superable y tú, por hacerle caso, resulta que te quedas parada?
Mi vida ha estado regida por el miedo. No de una forma negativa, de hecho, el miedo ha sido maravilloso para mí. Yo tenía mucho miedo a una vida gris e insustancial. Y ese miedo me ha hecho hacer cosas chulas. A viajar, a probar cosas que posiblemente me podría haber ahorrado y que, sin ese miedo, nunca hubiera vivido.
Ese mismo miedo me ha mantenido en una insatisfacción constante, donde nunca era suficiente. Siempre había alguien que había vivido más que yo, viajado más que yo, o que era más especial que yo. Y realmente no era muy complicado, porque no soy tan valiente como mucha de la gente que ha vivido esas vidas tan especiales. Con los años he aprendido que, si yo fuera uno de aquellos que viven esas vidas, también lo haría desde el miedo. Miedo a parar, miedo a pensar, miedo a la soledad o a la compañía. En mi vida hay un miedo dominante que me empuja a la acción.
Porque sobre todo le tenía miedo al miedo. Y sólo conocía una forma de quitarme el miedo y era lanzándome de frente a él. Sin pensar. En general eso me había funcionado muchos años. Si algo me daba miedo, me lanzaba de cabeza a ello. Como una necesidad casi fisiológica de dejar de sentir el miedo. Hazlo ya y quítate del gusano del estómago, hasta que no lo hagas no se va. Soy una acojonada funcional, una cobarde con prisa, una valiente por pura inercia de huida. Me funcionaba
Hasta que llegó la maternidad. Y ahí el truco, mi infalible mecanismo de defensa, se fue a la mierda. Con los hijos, el miedo dejó de ser algo que podía superar lanzándome sin mirar, porque les hubiera tenido que lanzar a ellos. No, con ellos el miedo se ancló. Se quedó dentro. Pesado. Intocable. Imposible de espantar con una huida hacia adelante. Tragué saliva. Literalmente. Y el sabor amargo no se fue.
Bienvenida al club de los bloqueados, me dije. Al club de los que no pueden correr, de los que tienen que quedarse quietos y mirar al miedo a los ojos, con las tripas revueltas y la certeza de que, esta vez, no hay atajo ni escapatoria. Y eso, eso era el verdadero terror.

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