Ser fuerte es una gilipollez

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En mi empresa había una jefa, una de esas que impone solo con entrar. Cuando alguien le preguntaba por su temple o por el secreto de su éxito y otras preguntas ridículas que hacemos los minions en las empresas, tenía una respuesta automática: “Tuve un hijo que estuvo muy malito”. Ni se molestaba en matizar. Fórmula sencilla. Un muerto sobre la mesa. Otro café.

Si tienes hijos, entiendes por dónde va. Y si no los tienes, intuyes algo, aunque todo te resbale un poco más. Pero la verdad es que hasta que no te explota la vida en las narices, el dolor ese tan físico no te cala. Crees que lo imaginas, pero no. Es como mirar una foto y pensar que has estado allí.

No estoy diciendo que haya dos clases de humanos: los que han visto de cerca según qué cosas y los demás. Tampoco va de repartir medallas al valor. Es simplemente una mierda. Que un hijo se ponga enfermo es una de las pocas cosas auténticamente horribles. Básicamente todo lo demás deja de importarte una mierda. Empiezas a vivir sin miedo, mejor dicho con un sólo miedo que absorbe todos los demás. Y ya está.

Por eso, cada día de hospital, intentaba no acostumbrarme. Si empezaba a tratarlo como rutina, me jodía más. Lo miraba todo como el primer día: la sonrisa torcida de un niño pequeño, la mirada hueca de un padre que empuja una bolsa de suero, una madre que hace como que no pasa nada. Si se te olvida que duele, eres capaz de cualquier cosa. No quería que me pasara.

Andar por esos pasillos te hace pequeño y patético, y a la vez te saca un punto de orgullo feroz: si este crío puede, yo también. Pero después te viene la imagen —absurda— de un padre en Gaza abrazando a su hijo muerto, y te preguntas cómo es posible que hayas visto esa escena cien veces y, en cambio, sigas tan entero. Las imágenes te inmunizan. Mueres cada día, un poco, y después sigues con lo tuyo: leche, pan, tráfico, móvil. Siguiente pantalla.

No sé hablar bien de cómo el dolor te cambia. Supongo que te cambia y punto. No como la felicidad, que es más de anuncio que algo real. La felicidad la das por sentada, aunque dura poco. El dolor, si acaso, es más honesto. Un día te rompe, y después pasas el aspirador, pagas el alquiler, contestas emails. Así todo el año.

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